El Leviatán de Parsonstown de William Parsons: la construcción del mayor telescopio del mundo

Leviatán de Parsonstown

William Parsons, de familia noble, nació un 17 de junio de 1800, en York, Inglaterra. Su abuelo fue el primer Conde de Rosse y su padre tuvo un papel importante en el parlamento irlandés desde 1782. William, que fue tercer Conde de Rosse, estudió en Dublín y completó su formación en Oxford.

Aunque nunca llegó a ser estudiante brillante, sí demostró un notable talento en cuestiones prácticas y, por si fuera poco, en la astronomía como mero aficionado, con una gran habilidad por lo mecánico, llevándole a construir el Leviatán de Parsonstown: el mayor telescopio de la época.

Contemplando constelaciones

Al poco de terminar sus estudios, Parsons había llegado a la conclusión de que apenas se habían realizado grandes avances en la construcción de telescopios desde la época del astrónomo William Herschel, décadas atrás. El principal inconveniente es que Herschel nunca dejó información detallada de los métodos de construcción de sus espejos, y quien intentara superar su trabajo tendría que partir siempre de cero, desarrollando sus propios métodos.

Telescopio de William Herschel
El telescopio de William Herschel

Parsons aceptó el reto y empezó a experimentar con una aleación de estaño y del cobre, en proporción de cuatro a uno. A partir de 1828, y durante los próximos 17 años, trabajó en la construcción del primer, pero modesto telescopio reflector de 38 centímetros, luego otro de 61 centímetros y, por último, un telescopio de 91 centímetros con los que consiguió grandes resultados.

Por el camino también desarrolló algunas mejoras innovadoras, como una máquina automática alimentada por vapor que se encargaba de pulir los espejos.

Contento con los progresos de su trabajo, en 1842 se propuso un nuevo reto: construir el telescopio más grande del mundo. Para ello necesitaría 80 metros cúbicos de turba para fundir los ingredientes del espejo, que pesaba 4 toneladas, medía 1,8 metros de diámetro, tenía 15 centímetros de espesor: tardó seis semanas en enfriarse a la temperatura adecuada.

Leviatán de Parsonstown

El proceso de forjado y enfriamiento era tan delicado que tuvo que repetirlo varias veces, ya que el espejo siempre se fracturaba en alguna de las etapas: la más complicada de ellas era justo cuando estaba a punto de colocarlo en el telescopio.

Tres años le llevó a Parsons montar un espejo en un impresionante tubo de 16 metros de largo. Dicho tubo colgaba de dos paredes de mampostería de 22 metros de largo y 17 de alto, que lo protegían del viento. Una megaconstrucción asombrosa.

El Leviatán

Llegados a 1845, tras desembolsar de su bolsillo el equivalente a un millón de libras actuales, Parsons pudo terminar su descomunal telescopio, y no tardó en empezar a realizar observaciones con él.

Su uso no era para nada sencillo: mientras Parsons mantenía el equilibrio colgado de un andamio, varios trabajadores accionaban manivelas, plataformas y poleas para colocar el telescopio a una altura apropiada. Una lucha contra una gigantesca máquina que se repetía cada noche, razón por la cual el telescopio pasó a ser conocido como el Leviatán de Parsonstown.

Y el esfuerzo mereció la pena, Parsons pudo disfrutar de una vistas espectaculares del cielo nocturno, fijando su atención en las nebulosas, de las que todavía se desconocían muchos detalles de su naturaleza. El Leviatán empezó a mostrar que estas tenían una estructura interna bien definida, y la primera en sucumbir fue la Messier 51: Parsons pudo discernir que tenía forma de espiral, y la capturó en papel.

Messier 51
Comparación de las ilustraciones de Herschel y Conde Rosse (Parsons) con una imagen real de Messier 51

Aquel dibujo recorrió toda Europa llegando a ser famoso y, se dice, inspiró a Van Gogh en la creación de «La noche estrellada».

Aunque la verdadera naturaleza de estas nebulosas no se descubrió hasta la década de 1920, Parsons ya comprendía que estas eran algo más que una simple nube de gas: algunas eran una enorme colecciones de estrellas.

El Leviatán de Parsonstown fue el telescopio más grande del mundo durante más de setenta años, y su popularidad creció después de que Julio Verne lo citara en 1895 en su novela ‘De la Tierra a la Luna’. Aunque lo cierto es que se utilizaba momentáneamente: se podía mover arriba y abajo, pero apenas tenía ángulo horizontal, limitando el área observable. Después estaba el clima de Irlanda, mayormente nublado, que también dificultaba su visibilidad la mayor parte del tiempo.

Aunque el telescopio sirvió de referencia y aprendizaje para el futuro de la astronomía: gracias a él los astrónomos aprendieron no solo cómo construir los telescopios, sino también dónde construirlos. En la actualidad, el Leviatán de Parsonstown ha sido restaurado en su emplazamiento original, integrado en el Museo de la Ciencia que el séptimo Conde de Rosse ha abierto en el castillo de Birr.

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